ENTREVISTA. Gaizka Fernández: “ETA es una molestia para el nacionalismo aunque conserva su valor simbólico”

Además de historiador y autor de varias investigaciones sobre la violencia terrorista y la historia del nacionalismo vasco, Gaizka Fernández es el responsable del área de archivo, investigación y documentación del Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo. Recientemente, ha publicado La voluntad del gudari: Génesis y metástasis de la violencia de ETA, una obra que busca analizar los orígenes históricos del terrorismo en el País Vasco desde una perspectiva multicausal en la que analiza los factores externos y los internos.

Ikusle: La voluntad del gudari comienza remontándonos al 7 de junio de 1968. Aquel día, Txabi Etxebarrieta asesinó al Guardia Civil José Antonio Pardines, la primera de las 845 víctimas mortales de ETA. ¿Qué razones llevaron a Etxebarrieta a apretar el gatillo?

Gaizka Fernández: Es imposible conocer sus razones personales, pero sí sabemos que Etxebarrieta escogió una de las diferentes opciones que se le presentaron aquel día, la de matar a José Antonio Pardines, desechando otras como huir o intentar desarmar al guardia civil.

¿Cómo se produce la fundación de ETA? ¿Qué influencia tiene el PNV u otros grupos nacionalistas en la creación de la organización armada?

ETA fue fundada a finales de 1958 por un grupo de nacionalistas radicales que se habían escindido de EGI, las juventudes del PNV, por desavenencias con la dirección del partido, en las que tuvo mucho que ver el choque generacional. Los etarras querían actuar, continuar la guerra, y el PNV, en su opinión, se limitaba a esperar la muerte de Franco. Además, ETA estuvo influida por los Jagi-Jagi y grupos similares que se habían creado en el exilio latinoamericano, aunque hay que subrayar que, contra lo que a veces se ha pretendido, no hubo continuidad entre unos y otros.

Las explicaciones más habituales sobre la génesis de ETA se centran en su independentismo y en la oposición al franquismo. ¿Qué hay de cierto en esto? ¿Hay más elementos, aparte de estos dos mencionados, que contribuyen a la aparición de ETA?

Como aclara en sus boletines en diferentes ocasiones, ETA no era una organización antifranquista, sino antiespañola. Llega a decir que, de proclamarse una III República, seguiría luchando con las mismas armas. El objetivo de ETA es la independencia de Euskadi y la anexión de sus territorios limítrofes. Es más, una de las críticas que se hace al PNV es su alianza con las fuerzas antifranquistas del resto de España.

¿Qué influencias ideológicas extranjeras se detectan en aquella ETA?

En ETA tuvo un enorme influjo las luchas anticoloniales del Tercer Mundo. Pensemos en Israel, Argelia, Cuba, Vietnam, etc. Los etarras tomaron como modelo organizativo a los movimientos de liberación nacional: frentes interclasistas dirigidos por una vanguardia. Por esa vía se introdujo un lenguaje novedoso, que barnizó con un izquierdismo sui generis su ultranacionalismo. En el plano estratégico el ejemplo anticolonialista trajo aparejada la revalorización de la “lucha armada”, en forma de guerrilla, cuyo atractivo se veía reforzado por el contexto dictatorial.

A lo largo de tu obra, intentas describir el imaginario bélico y el estado emocional de sus miembros. ¿Qué pensaba y qué movía a un miembro de ETA en aquella época?

Como han confesado bastantes antiguos miembros de la banda, la gasolina que les movía era el odio. Había otras emociones, pero esa era la principal. Y la clave de ese odio era la creencia de que habían heredado de sus ancestros una secular guerra por la supervivencia del pueblo vasco, lo que luego se ha venido a llamar el “conflicto”, que habían empezado unos invasores extranjeros, o sea, los españoles, culpables de todos los males.

No cabe duda de que ETA logró durante varias décadas el aplauso o, al menos, la aquiescencia de un sector más que notable de la sociedad vasca. ¿Cómo consigue la organización ese apoyo directo o indirecto?

De muchas maneras. En parte, gracias a la dictadura, que reaccionó ante la violencia de ETA mediante una represión feroz, torpe e indiscriminada, que soliviantó a una población que hasta entonces ni siquiera sabía lo que significaban esas siglas. Pero luego hay que contar con el control de la calle, los espacios de sociabilidad, la creación de una subcomunidad, de una estética, de una música, de sectores de la educación y la cultura.

Desde la propia ETA o la izquierda abertzale, se ha asegurado que existe un conflicto histórico y político entre vascos y españoles. ¿Qué hay de cierto o de erróneo en esa apreciación?

Cuando el nacionalismo radical utiliza el término “conflicto” se refiere a una contienda étnica en la que los supuestamente invasores españoles y los invadidos vascos llevarían enzarzados desde hace centurias. Con el fin de que puedan encajar en tal tesis, se han reescrito diferentes episodios históricos que son presentados como eslabones de una misma cadena: las revueltas bagaudas en la crisis terminal del Imperio Romano, la relación de los vascones con la monarquía visigoda, la derrota franca en Roncesvalles (778), las legendarias batallas medievales narradas por Sabino Arana (como la de Arrigorriaga), la anexión de Navarra en 1512, la conflictividad social en la Bizkaia de la Edad Moderna, el incendio de San Sebastián en 1813, las guerras carlistas del siglo XIX, la civil del XX o los atentados de ETA. Esta visión del pasado del País Vasco ha hecho fortuna, extendiéndose, gracias a su bien engrasado aparato de propaganda, a ámbitos ajenos al nacionalismo radical. La historiografía académica, evidentemente, apunta en otra dirección. No hay prueba alguna de que todos estos hechos fueran fruto de las supuestas agresiones “españolas” a una nación vasca avant la lettre. Tampoco existe un hilo de continuidad entre los vascones que vencieron a la retaguardia del ejército de Carlomagno en Roscencalles, los partidarios del pretendiente al trono navarro Enrique II de Albret que defendieron el castillo de Maya (Amaiur en euskera) en 1521-1522, las tropas del general carlista Tomás de Zumalacárregui, la partida guerrillera del cura Santa Cruz, los gudaris de 1936 y los militantes de ETA. La del nacionalismo radical no ha sido una guerra real, sino una “guerra imaginaria”, como acertadamente la bautizó Antonio Elorza.

¿Tiene algo que ver la ETA del franquismo con la ETA de la Transición?

Una no se entiende sin la otra, por supuesto. Pero la ETA de los años sesenta está envuelta en constantes disputas doctrinales y estratégicas que luego van a desaparecer. También hay que recordar que la ETA de la Transición es muchísimo más sangrienta. Comete cerca de 300 asesinatos.

A día de hoy, ¿qué queda de ETA en la propia organización y en la sociedad vasca?

ETA está moribunda, o al menos eso indican las noticias que nos llegan. Como se decía de Franco, todos estamos esperando a que llegue “el hecho biológico inevitable”. Aunque quizá desaparezcan como los GRAPO, sin un comunicado final. Pero en la sociedad vasca queda mucho, demasiado. Para empezar, bajo una aparente fachada de normalidad democrática, ha sobrevivido el odio y el sectarismo. Y la cobardía y las prisas por olvidar. También, por supuesto, tenemos a sus víctimas, a las víctimas de ETA, que merecen memoria, dignidad y justicia.

Bajo tu punto de vista, ¿conserva ETA algún tipo de influencia sobre la izquierda abertzale? ¿Y sobre el PNV u otros partidos nacionalistas o independentistas?

Personalmente tengo la impresión de que ETA ya no pinta nada y que es considerada una molestia por el nacionalismo radical, aunque conserve parte de su valor simbólico.

¿Existe, como sucedió en el IRA, la posibilidad de que un grupo de ETA decida volver a las armas?

El nacionalismo radical ya ha sufrido varias escisiones de disidentes, pero no parece que estos hayan optado por la violencia terrorista. Tampoco parece posible que ETA vuelva a actuar. Sí que haya rebrotes de kale borroka, como hemos visto últimamente. Ahora bien, a largo plazo, si el caldo de cultivo del odio no es desactivado, no es descartable que otra nueva generación acabe cometiendo el error de Txabi Etxebarrieta en 1968.

En alguna de las entrevistas que te han realizado, has asegurado que “no habrá una foto del final de ETA porque ya no importa a nadie”. ¿Por qué ha dejado de ocupar ETA los titulares de los periódicos, el discurso político y la atención de la ciudadanía? ¿Tiene algo que ver en esto la aparición del terrorismo islamista?

Es muy sencillo: ETA solo importaba cuando mataba. Desde que dejó de ser una amenaza real, se ha convertido en un actor de tercera fila.

Tras varias décadas de actividad, ¿qué ha conseguido, en términos políticos, ETA? ¿Cómo crees que será su final?

ETA ha logrado algunos de sus objetivos secundarios, como dividir a la ciudadanía vasca, sembrando el odio y el sectarismo, debilitar a los partidos no nacionalistas, expulsar a una parte de la población de Euskadi, controlar no pocos movimientos sociales y culturales o hacerse con el monopolio de la calle. Ahora bien, no ha alcanzado su meta última, una República vasca independiente, socialista y monolingüe. Y, desde 2011, ha cosechado una colección de iniciativas fracasadas. Como ya he dicho, sospecho que ni siquiera habrá una foto de su final. Sencillamente un día dejaran de disparar comunicados y ya está.

Por último, ¿qué dirán, dentro de cincuenta años, los libros de historia sobre ETA?

Que solo aportó una cosa positiva a la sociedad vasca: su desaparición.

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