ENTREVISTA. Ricardo Sáenz de Ynestrillas: “El acto de Errenteria es uno de los que más orgulloso me siento”

Conocido por ser una de las principales figuras de la extrema derecha española, Ricardo Sáenz de Ynestrillas asegura ser un hombre nuevo y libre tras, según él, haber dejado atrás ese sector político.  De haber sido el cabeza de lista por el partido Alianza por la Unidad Nacional que recorrió la geografía vasca en 1998 una muy polémica y violenta campaña, Sáenz de Ynestrillas critica con dureza a la ultraderecha y tiene puestas sus esperanzas políticas en Podemos.

Ikusle: Aunque ya eras muy conocido por tu militancia en la extrema derecha española, a lo largo de 1998 te convertiste en una figura mediática en el País Vasco gracias a los actos políticos que realizó Alianza por la Unidad Nacional en localidades como Errenteria o Hernani en lo que se denominó como “La campaña del Norte”. ¿Cuáles eran los objetivos que perseguíais con la misma?

Ricardo Sáenz de Ynestrillas: En realidad a aquellas alturas, yo ya era muy conocido en toda España por mi militancia política desde hacía mucho tiempo. Sobre todo en el País Vasco, a raíz de la acusación de la ejecución de Muguruza y otras diez acciones armadas más contra intereses etarras ya desde 1989 y por las que estuve preso hasta 1993. El año de “La campaña del Norte” que mencionas es 1998. Los objetivos los dejamos señalados a lo largo de toda la geografía vasca mediante la entrega de manifiestos del partido Alianza por la Unidad Nacional (AUN) a los ayuntamientos, directamente a los medios de comunicación presentes que eran muy numerosos y de ámbito nacional y al responsable de la fuerza pública actuante en cada caso: desafiar a la mafiosa ley del silencio cómplice que imponía ETA y su entorno político a la ciudadanía vasca tergiversando la realidad y la historia vasca y reprimiendo, mediante el terror y el miedo, la reivindicación de la españolidad de esos territorios y del único sujeto de la soberanía nacional española, que no es otro que el pueblo español en su conjunto.

¿Se cumplieron los objetivos que os habíais marcado con esta campaña?

Los objetivos de la campaña se cumplieron rotundamente. No eran cosechar réditos electorales sino marcar un antes y un después del AUN en un “territorio comanche” como era el País Vasco y demostrar que no sólo no era obligado temer al entorno etarra, como dejamos más que demostrado, en su terreno y avisando previamente de nuestra presencia y de la hora de la misma, sino que, además no le teníamos ningún respeto.

Aunque AUN cosechó cierta notoriedad en los medios, las participaciones electorales del partido obtuvieron rotundos fracasos…

Los resultados electorales son engañosos cuando sólo manejas las cifras aisladas. Primero, porque son directamente proporcionales al dinero y al tiempo que inviertes en cada campaña, y nosotros nunca tuvimos más fuentes de financiación que los exiguos bolsillos de nuestros militantes. Y segundo, porque no nos presentábamos en todas las provincias, sino sólo en aquéllas que íbamos a poder machacar, considerando nuestra escasez de medios, con visitas y campañas constantes y llamativas. Eso sólo lo hicimos en muy pocas ciudades. Y en las que lo hicimos, dado el injusto sistema electoral proporcional imperante en España, se penaliza siempre a los pequeños y a las grandes ciudades. Por ejemplo, en Madrid un diputado cuesta cinco veces más que en el País Vasco o Cataluña. En todo caso, y aunque quedamos muy lejos de conseguir ninguno, siempre tuvimos muy claros nuestros particulares objetivos acordes con la realidad: utilizar el período electoral para acceder a los espacios gratuitos de propaganda electoral en canales televisivos y radiofónicos que, de otro modo, nos hubieran estado vedados. Y esa publicidad fue un éxito.

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Todos vuestros actos en el País Vasco terminaban con fuertes enfrentamientos entre contramanifestantes de la izquierda abertzale y la Ertzaintza, siendo especialmente duros los que se vivieron en Errenteria. ¿Qué recuerdas de vuestra visita a la localidad gipuzkoana?

Errentería fue el primero de nuestros actos más emblemáticos. La población batasuna local ocupó físicamente el lugar donde teníamos autorización para celebrar nuestro acto y eso nos retrasó mucho tiempo que la Ertzaintza nos tuvo retenidos en su cuartel allí. Al final nos habilitaron una zona aneja y pudimos celebrarlo unos pocos minutos hasta que la turbamulta superó el cordón policial y comenzó a atacarnos con piedras, rodamientos y otros objetos lanzados con tirachinas y con cócteles molotov. Tras lo cual la fuerza pública nos desalojó a empujones del lugar. El autocar que llevábamos quedó destrozado y sin ninguna luna, modo este en el que nos vimos obligados a viajar hasta Madrid. Pero hubo actos más duros como el de Hernani, al que conseguimos acceder a base de insistencia y donde el cerco fue mayor y el ataque más cercano y brutal.

¿Te arrepientes de haber organizado o participado en aquellos actos? ¿Los volverías a organizar hoy?

No, cómo voy a arrepentirme. Es una de las campañas, de más de un año de duración con multitud de actos cada fin de semana y, algunas veces, con varios en el mismo lugar, de las que más orgulloso me siento. Conseguimos marcar ese antes y el después de nuestra presencia allí y marcamos un punto de inflexión pues fueron muchos los partidos, de toda índole y tamaño, que después quisieron imitarnos sin conseguirlo. Y sin aproximarse ni de lejos a los riesgos que asumimos y la repercusión que alcanzamos por ellos.

Años después, volviste a protagonizar varios actos en el País Vasco, en este caso bajo las siglas de La Falange. Sin embargo, el impacto mediático e, incluso, la presencia de contramanifestantes fue notablemente inferior a los de 1998. ¿A qué crees que se debió este hecho?

Cuando yo participé con La Falange en alguno de esos actos ni siquiera era militante y, por tanto, no me ocupaba de la organización. En AUN lo hicimos muy bien. Pegábamos carteles en las poblaciones donde íbamos a manifestarnos y también en Madrid y otras ciudades donde esperábamos captar militantes para asistir. Lo saturábamos de pintadas corporativas indicando lugar, día y hora y el hecho de mi presencia. ¡Y siempre cumplimos! Con autorización o sin ella. Y eso lo sabían los abertzales que nos esperaban aunque los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado nos retrasaran, mediante el abuso recurrente y superfluo de controles cada pocos kilómetros desde que salíamos de Madrid, durante varias horas.

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A pesar de ser una de las figuras capitales de la ultraderecha española en las últimas décadas, renegaste de ese ámbito político en tu libro La Reconquista del Estado. A lo largo de sus páginas, criticabas duramente los comportamientos y actitudes de la extrema derecha.

Yo nunca me consideré de extrema derecha, ni antes ni ahora. Porque el mensaje que tratábamos de difundir, que era el mensaje falangista original, sin adulteramientos franquistas, nada tuvo que ver, en su origen, con la extrema derecha. Durante mucho tiempo me engañé a mí mismo pensando que sólo algunas pocas manzanas podridas extremoderechistas enturbiaban nuestro mensaje revolucionario. Sin embargo, por su parte era solo pose. La extrema derecha copaba todo ese mensaje y sólo lo usaban para aparentar ciertos aires pesudorevolucionarios de inquietudes sociales sin ningún ánimo de conseguirse ni ninguna pretensión social más allá de la caridad o de cierto reformismo pequeño burgués que no pretendía atajar los verdaderos problemas del pueblo trabajador.

Tus acusaciones han sido especialmente duras contra los principales líderes de la extrema derecha española. A muchos de ellos, incluso, los acusabas de ser informantes del Centro Nacional de Inteligencia o de vivir a costa de los afiliados…

A nivel humano, salvo contadísimas y escasísimas excepciones, la gente es cobarde, fanfarrona, carente completamente de compromiso alguno, sin más intención que pasar el rato con los colegas tomando copas y disfrutando de su sectaria y tribal compañía; la mayoría son de un reaccionarismo apabullante, arcaico y ancestral, plenos de ira guerracivilista y resultan bocazas, traidores y desleales, cuando no directamente chivatos y confidentes de la policía o del Estado.

¿Cómo se produce tu abandono y distanciamente progresivo de esas siglas?

Esto empecé a advertirlo seriamente tras mi paso por La Falange de Manuel Andrino, que no es otra cosa que su propio chiringuito y que era mi última baza en ese sector nauseabundo, por auto descarte de todas las demás organizaciones de ese mundillo que tan bien conocía y de quien quería desmarcarme del todo. Pensé, ingenuamente, que eran falangistas de verdad, muy próximos a mi manera de ver la política. Pero fue otro monumental fiasco. ¡Más de lo mismo! Quizá lo peor de cuanto había vivido políticamente hasta entonces…

¿Has tenido problemas judiciales por la publicación de esas acusaciones o por tus críticas contra la ultraderecha?

Sólo tuve una querella criminal de José Luis Roberto, el llamado Cojo de Valencia, dirigente de España 2000 y de ANELA, la patronal de la prostitución española, por las afirmaciones dedicadas en mi último libro “La Reconquista del Estado” y cuyo juicio se celebró hace un par de semanas y del que aun esperamos sentencia.

¿Y amenazas personales o presiones laborales?

De resto, a excepción de insultos y descalificaciones cibernéticas amparados en el anonimato que proporciona internet a los cobardes, nada serio. ¿Laborales? Bueno, en ese sector le llamamos el timo del camarada al que se practica mediante quien se acerca a ti llamándote varias veces por minuto camarada para que le lleves asuntos gratis, en mi caso judiciales, o incluso para hincharse a tomar copas por la cara dejándote el pufo en cuanto te descuidas, cuando tuve un local de copas. Nada nuevo entre el facherío…Desde que me alejé de ese submundo he recuperado la higiene mental y laboral.

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En los últimos años, los partidos de extrema derecha, anti-inmigración o anti-islamistas han proliferado y obtenido buenos resultados en diferentes países de la Unión Europea. ¿A qué crees que se debe ese ascenso? ¿Qué tienen en común y en qué se diferencian formaciones como el Frente Nacional de Marine Le Pen o el Partido por la Libertad de Geert Wilders con la extrema derecha española?

La extrema derecha española está copada de confidentes y chivatos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado desde el franquismo, y se mantuvo así durante la Transición y hasta la fecha. Y también de gente mediocre, cobarde, inútil, friki y carente de compromiso social o político alguno. No han sabido adaptar su mensaje ni tampoco sus formas y contenidos, habiendo sido absorbidos por el Partido Popular, y en menor medida por UPYD y por Ciudadanos. La extrema derecha española da vergüenza ajena. Muy ajena. Afortunadamente hace años que puedo decirlo.

¿Crees factible que aparezca con éxito en el Estado un partido político de esas tendencias a corto y plazo?

Ni a corto ni a medio ni a largo plazo. La extrema derecha activa, es decir útil, en España está dentro del Partido Popular y Ciudadanos. Lo que ha quedado fuera no es más que por puro meapilismo pretridentino y por frikismo trasnochado. Testimonial… de su propio esperpento. Con mayores o menores oleadas de xenofobia neonazi según la época y el sumiso remedo de los países del entorno. Ahora tienen un buen referente en Donald Trump.

En los últimos tiempos, has apoyado y pedido públicamente el voto a Podemos. Incluso, has participado en las votaciones del último congreso celebrado en Vistalegre por la formación morada. ¿Cómo termina un ultraderechista en las mismas filas que Pablo Iglesias?

Ya te he dicho que nunca me he considerado ultraderechista, aunque al final, la contumacia de los hechos probados y vividos me demostró lo contrario respecto del entorno desde el que intentaba asomar la cabeza para defender un proyecto genuino. El tiempo y la experiencia, hace ya casi 10 años, desde mucho antes de aparecer Podemos, ya me hizo corregir mi senda y apartarme de cualquier cercanía con la ultraderecha y abundar y profundizar en mis auténticas raíces revolucionarias del falangismo de izquierdas, que considero el auténtico. Desde las primeras convocatorias del 15-M participé junto a ellos y los seguí con mucho interés y entusiasmo pues representaba lo que llevaba años esperando: un movimiento ciudadano de a pie, desvinculado de la podredumbre partitocrática habitual, la casta, con propuestas revolucionarias e ilusionantes sin odios ni rencores. Después nació Podemos y me identifiqué con su mensaje. Debo reconocer que ha perdido mucha parte de su frescura y autenticidad originales, pero sigue siendo el público, no la clase dirigente,  con el que más me identifico y del que más cercano me siento. Son pueblo. Y hay que apoyarles para empujar a Podemos a la izquierda e impedir su deriva reformista y continuista… o habrá resultado un completo antídoto contrarrevolucionario.

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